dimecres, 26 de desembre de 2012

El Hullero

El Hullero. El ferrocarril de la Robla from Josep M. Comelles on Vimeo.

Tienes dieciseis años, acabas de terminar Preu y unos amigos de tus padres, te invitan un mes a Santiago de Compostela. Vas a ir solo con un amigo. El tren, ya no es el xangai -pero casi- sale de la Estació del Nord a las diez de la mañana. En 26 horas estarás en Santiago. Te gustan los ferrocarriles de siempre. El inolvidable viaje de cuatro horas de Barcelona a Guardiola de Berga, en vagones de madera  remolcado de Olvan a  Guardiola por una 030 del Estado fuelizada. 




Los viajes ocasionales por la costa con los viejos vagones norteamericanos con balconcito, lois «costa». La segunda clase de los Brill de los Ferrocarriles de Catalunya con su terciopelo verde y sus lámparas de otro tiempo.


Una Alsthom de la serie 7600 remolca el expreso de Galicia hasta San Vicenç de Castellet. Toma el relevo una doble tracción de Mikados fuelizadas hasta San Guim. 




Mi bisabuelo fue maquinista de esa línea. Contaba mi tio Joaquín que en invierno las nevadas en la rampa eran tremendas y que las locomotoras jadeaban lentamente. Heliodoro Calatayud iba armado. De vez en cuando los lobos hambrientos merodeban la línea. En San Guim, desenganchan una de las dos Mikados. La otra nos remolcará de mediodía a medianoche hasta Miranda de Ebro. En la noche y en las curvas el jadeo y los fuegos de la locomotora. Te duermes en la litera. Despiertas a las cuatro bajo la marquesina de la estación de León. Una English Electric de la serie 7700, verde, al frente. No lo sabes aún pero esas locomotoras recorrieron las líneas de trocha ancha en Argentina y en la India. Son locomotoras CC espectaculares, que rememoran otras épocas y que nos llevan hasta Ourense por los desfiladeros del Sil.



Cuarenta y cinco años más tarde mi afición a los trenes sigue intacta. Con los años recorrí la costa cantábrica de Bilbao a Ferrol, fui de Valencia a Cuenca y de Mérida a Puertollano, pero me faltaba el mítico Bilbao-Leon, el Hullero, donde habían circulado las Garratt de via estrecha, o las "tunecinas" que los franceses vendieron a la compañía al cerrar las líneas del Sur de Túnez. No recorrí la línea cuando el trayecto duraba 11 horas, pero por fin me subí al tren un sábado de junio de 2010. Pagué 19 euros, compré condumio y agua en la estación de Concordia. Aquel día iba en viajes de pruebas un nuevo automotor de transmisión hidráulica de CAF. En mis viajes anteriores en cambio, por la cornisa fui en los Apolo diesel-eléctricos de la Maquinista Terrestre y Marítima que hoy andan de segunda mano por San José de Costa Rica y los suburbios de Buenos Aires. 



Los Apolo sonaban a tren, los 2700 a autobús aunque la transmisión automática evita las sacudidas de los cambios de los viejos Ferrobuses. No me entusiasmó mucho la perspectiva de aquel nuevo artilugio, pero qué le vamos a hacer. Subo, me instalo delante, la cabina está abierta y una silla blanca de resina, insólita, está a la derecha del maquinista,  destinada al técnico que asesora al maquinista sobre la tecnología. 14.30, suena el silbato, el diesel aumenta las revoluciones, el tren entra en el túnel que nos lleva hacia nuestro destino.